No lloraba, no. Me atrapaba en una mirada que me sacaba de quicio.

Era la muñeca de cara y cuerpo de porcelana y vestida de sedas y rasos azules verdes y malvas.

¿Por qué me asustaba?

-¡Despierta de una vez o llegarás tarde de nuevo!

La voz de mi madre se perdía en unos colores nítidos y en el reflejo difuso que me ofrecía el espejo. La mirada de la muñeca me despertó. No había tal muñeca. En su lugar la eterna letanía de reproches.

-¡Andrea tiene algo!

Insistía mi amante madre. No algo bueno, no. Cosas de sicólogos.

-¿Es normal que esta niña se levante cada día como si se le hubiera aparecido la Virgen?

Así empieza la defensa de mi madre ante una tutora que le reprocha mis reiterados retrasos en mi llegada al cole. Pronto comprende que se equivoca de táctica.

_¡Es una muñeca de porcelana!

Me quedo sorprendida. ¿Conoce ella mis tesoros?

Mi madre piensa que la tutora y yo estamos locas, pero yo veo que tengo valores y que no volveré a llegar tarde.

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